domingo, 2 de octubre de 2016

Accidente


Antes de irme, me quedé un rato viendo los eucaliptos, débiles rayos de sol traspasaban su ramaje. Detrás de ellos, el cielo se hundía encarnado sobre el horizonte. Leí por última vez las tres líneas de su vida grabadas en el mármol. “Amado hijo” era una frase que resonó dentro de mí como en una habitación vacía. Quise rezar, pero la única oración que me acordaba no parecía hecha para estos momentos.

Un viento frío movía los altos árboles y esparcía su aroma por el campo. Eché a andar bajo su sombra hasta alcanzar la vereda empedrada, entonces los aspersores del jardín comenzaron a funcionar. Me detuve a ver los pequeños arcoíris que formaban las partículas de agua suspendidas en el aire. Otras, diminutas, eran lanzadas por el viento contra mi rostro y me provocaban la sensación que crea el paso de la sangre hacia un músculo adormecido.

Continué andando. No dejaba de pensar en el avioncito azul que colocaron junto a las flores. Seguramente quería ser piloto. Aunque los niños olvidan pronto lo que sueñan ser. Recuerdo que yo quería ser profesor. Mi padre me había regalado una pizarrita acrílica en la cual le enseñaba los números y las letras a Nury. Ahora ella estudia Arquitectura y yo terminé siendo abogado. También hubo un tiempo en que quise ser músico, fue hasta antes de salir del colegio. Una tarde, cuando solo faltaban semanas para la clausura escolar, mi padre se sentó a hablar conmigo, como él dijo, de hombre a hombre. Después de esa conversación abracé cada vez menos la guitarra y me dediqué más a los libros preuniversitarios.

En el lindero opuesto al de los eucaliptos hay un muro bajo que permite ver el primer piso de las casas aledañas. Nunca antes había venido por esta parte de Arequipa, leí en el diario que el entierro sería en este lugar. Desde laderas como esta, el panorama de la ciudad se mira caótico y mudo. 

Esta es una de las pocas veces que salgo del cercado de Arequipa. Mi trabajo y mi casa quedan allí. Llevo más de un año en el bufete Rodríguez, el doctor siempre se ha mostrado satisfecho con mi trabajo. Cuando no almuerzo en casa, me invita a una de las picanterías de la plaza España. Luego de unas cervezas, y como para que me sienta orgulloso, me repite que lo vea como un padre. Creo que en cierta manera confía en mí. Ayer domingo, el doctor me llamó al celular y dijo que me “apersonara” a la comisaría de Palacio Viejo. El señor Juan Carlos Iriarte, hijo de un cliente, había chocado en su auto, él no podía ir porque estaba en medio de un “asuntito”. No te hagas líos, dijo antes de colgar, solo es para meter presión.
Cuando llegué a la comisaría, el señor Flórez daba su declaración sobre el accidente. A su costado había una mujer que no dejaba de sobarse la muñeca derecha; en comparación a Flórez, parecía malhumorada. Iriarte estaba sentado al fondo de la oficina; sus ojos, detrás de unos pequeños e impecables lentes de medida, me observaron fijamente hasta que le extendí la mano. Vengo de parte del doctor Rodríguez, dije. Me miró un segundo y luego hizo una mueca cerrando los ojos como si de pronto el vuelo de una mosca lo hubiera rozado.
Mientras Iriarte me contaba lo sucedido con una voz que apenas oía, sonó un celular. La mujer que acompañaba a Flórez buscó entre su cartera, utilizaba solo la izquierda, en tanto que mantenía la otra en el aire. Daba la impresión de que la tenía un poco hinchada.
–¿Quién es ella?, pregunté a Iriarte.
–La hermana –respondió–. La esposa está con el niño en el hospital.
La vimos contestar el teléfono y cuando iba a preguntarle a Iriarte por la edad del niño, la oímos llorar. ¿Qué dices?... No... ¿Cómo puede ser?... No...

Flórez volteó hacia ella y se puso de pie de un salto. ¿Qué pasa? ¿Qué?... ¡Miguelito!... Flórez le arrebató el celular. ¿Qué pasa?, volvió a gritar, ¿qué dices?, luego se calló un instante, volvió a sentarse, esta vez de manera brusca, puso un codo sobre el escritorio que estaba cerca y con la mano se sostuvo la frente, mientras con la otra mantenía el teléfono a la altura del oído. Lloraba.

La mujer, que por un momento tuvo las manos en cuenco tapando parte de su rostro, acometió de repente sobre nosotros. ¡Asesino! ¡Es el asesino! ¡Asesino maldito! Un policía intentó contenerla, pero ella lo esquivó. Venía contra Iriarte. Sentí que mi corazón se agrandaba y aceleraba. Sin embargo, el policía la alcanzó y pudo, finalmente, contenerla, aunque no dejó de gritar y luchar hasta que la sacaron del lugar.

Hoy llegué tarde a trabajar, me excusé diciendo que los lunes son siempre pesados para levantarse. Al mediodía, el doctor Rodríguez me llamó a su despacho para preguntarme sobre lo sucedido. Está bien, muchacho –dijo quitándose un peso de encima–. No había que hacer más.

Después del almuerzo no tenía ánimos de regresar al trabajo, le pedí a mi madre que me disculpara por teléfono. Acaso no sabes cuántos desean estar en tu lugar, recriminó. Le rogué que por favor lo hiciera y me fui al cuarto. Estaba encaramado sobre una silla, intentando bajar mi guitarra de encima del ropero cuando, de pronto, entró mi padre. Por voltear a verlo, la silla tambaleó y tuve que saltar con torpeza. Caí inclinado delante de él. ¿Cómo es eso de que no irás al trabajo? Ya incorporado, lo vi en silencio por un segundo, luego agaché la mirada y le dije con una voz que me salió suave: Sí voy a ir.

Ya no podía quedarme en casa. Salí diciendo que iría a la oficina. Fue entonces cuando decidí venir hasta aquí. Pero al llegar no tuve el valor para acercarme, la idea de encontrar a aquella mujer me desalentaba. Se oía que algunos entonaban una canción cristiana. Solo de vez en cuando el ruido de un automóvil a velocidad cortaba el espacio y silenciaba las voces del ruedo. Desde mi lugar veía cómo trataban de reanimar a la madre. El señor Flórez lloraba abrazado de un hombre muy parecido a él. Unos niños uniformados correteaban junto a los eucaliptos.

Mientras el círculo de gente se disipaba, alcancé a ver a dos hombres colocando las últimas coronas. Luego de que todos se marcharan, me acerqué. Entonces vi, en medio de las coronas de flores, el avioncito azul. Sentí un dolor frío en las articulaciones de los dedos cuando rocé la placa con su nombre para persignarme. La tarde aún es clara, desde aquí puede verse la pendiente atiborrada de casas bajando suavemente hacia el centro de la ciudad, hacia donde debe estar el río. Al otro margen, las casas vuelven a elevarse hasta las lomas del sur. En la parte alta del volcán, donde se nota un poco de nieve, los últimos rayos del sol enrojecen. Acaba de cruzar un panteonero con una radio de bolsillo en la que suenan los acordes de un huaino delgadísimo y triste. Siento latir mi pequeño corazón. Todavía no puedo volver a casa… y creo que mañana no iré a trabajar.

viernes, 5 de agosto de 2016

La pequeña muerte*

Je ne vais pas toujours seul au fond de moi-même
[Yo no voy siempre solo al fondo de mí mismo]
Jules Supervielle

I

Cuando desperté no había dos cabezas cercenadas en mi cuarto, como en una novela de Mailer, pero sí tenía una herida latiendo en la mano. Me bañé, restregué bien los codos, el pecho y el cuello. Me puse la ropa más limpia. Corté una media blanca y me envolví la izquierda. La gente suele tenerle miedo a las personas grandes y morenas como yo, es más evidente cuando lleva uno la mano vendada a la altura del pecho, mostrándola como una herida de batalla. Lo primero que hice en la calle fue llamar al Cholo. Cuando te saqué de mi casa, te fuiste tranquilo, me dijo. No había otra que regresar a las partes del Callao que recordaba. Deseaba saber por qué tenía un corte y mi ropa había quedado rasgada y llena de sangre. En Bellavista, frente al club de tiro, me asaltó el primer recuerdo. Me vi apoyando la derecha en la pared mientras regaba el mural del Cantante. Luego me recordé saltando el parapeto a la orilla de la mar brava, escondiéndome no sé de qué. Caminé por la avenida Guardia Chalaca sin dejar de forzar mi memoria. En la esquina donde doblan las combis que van a La Perla compré una botella de agua. La muchacha de la tienda me quedó mirando tras darme el vuelto. Quizá anoche vine y le coqueteé o quizá le dije algo grosero. Vestía una cafarena negra ajustada, sus senos, enormes y redondos, merecen una metáfora, una obscena que los compare con frutas dulces y blandas. Otro recuerdo, una mujer gritando. Una mujer guapa gritándome. Qué será.

Fui hasta el mar, por la costanera pasaban muchos autos a velocidad, seguro que anoche no hubo tantos. Del otro lado de la pista, más allá del parapeto, rompían las olas, pequeñas y sucias. No hay arena, millones de guijarros son lamidos por unas aguas plomas. Con la mano herida me puse un cigarro en la boca, con la otra acerqué el encendedor. Al fondo, desde el horizonte, se eleva una gran masa de vapor, parece una ola gigante decidida a tragarse el continente. Por qué me había escondido. Seguí con la mirada las ondulaciones de la orilla hasta topar con el cadáver de un pelícano, por las costillas se veía su interior podrido. El pico paleozoico me hizo recordar cómo fue hecha la herida. Un tipo bajó de su auto y me quiso despanzurrar con un cuchillo. Yo lo contuve y con la derecha le di un golpe en el rostro, cayó y lo pateé. Por qué. Allí estaba la mujer, también salió del coche. Me gritaba. Yo corrí media cuadra hasta la esquina y volteé a ver. Seguía gritándome. El hombre ya se incorporaba.

Lancé una colilla hacia el mar, no llegó, la vi apagarse entre las piedras húmedas. Caminé junto al muro de contención en sentido contrario al tráfico. Por aquí no estuve ayer. Fue más atrás. Giré, y los autos adelantándome a velocidad me trajeron otra imagen. Corría desesperado. Mucho como para huir de una mujer histérica. Corría. Corría fuerte. Luego sentí el claxon detrás de mí antes de llegar al parapeto y saltarlo. Ahí estuve, con la espalda pegaba a la pared, viendo un mar oscuro frente a mí, hasta que sentí frío y saqué la cabeza para ver si ya había pasado todo. Pero qué.

El Cholo me sacó de su casa porque me puse faltoso con su mujer y su hija, como cada vez que me emborracho. Vino hacia donde yo estaba sentado, me agarró del cogote y me dijo que era hora de irme. Soy más fuerte y alto que él, pero no es bueno meterse con el Cholo. Cerró la puerta de su casa y yo caminé buscando un cigarro entre mis bolsillos. No tenía ninguno. Fui hasta la avenida, vi la tienda abierta y entré por unos. La muchacha de la cafarena estaba pintarrajeada como prostituta. Luego de que me diera la cajetilla a través de la reja, le pregunté cuánto cobraba. Igual que tu vieja, maricón, me respondió. Abrí la cajetilla frente a ella, me eché un cigarro a la boca, saqué el encendedor, puse en cuenco la mano para que el viento no mueva la llama y aspiré hondo. La muchacha me miraba desafiante. Eres una mujerzuela barata, le dije y me fui. Cuando al girar expulsé el humo, me sentía guapo, machito.


Caminé siguiendo la avenida hacia La Perla, no iba a casa. Después me metí por una calle oscura. No sé cuál. Allí estaba el auto estacionado. Al pasar junto a él noté a la pareja. Me acerqué al vidrio y miré que se besaban, la mujer le agarraba la entrepierna al del volante. Golpeé la ventana y grité ¡Puta! Empecé a reírme fuerte. Antes de seguir mi camino balanceé la carrocería del auto empujándola desde el techo. Para mí era gracioso. El tipo salió con su juguetito filudo. Le pegué y me fui corriendo. Desde la esquina le volví a gritar a la histérica. Ya no los vi porque tomé la otra calle. A dos cuadras, mientras sacudía y empuñaba la mano herida, me encontré con lo que después me haría huir. Como suelen decir, me topé cara a cara con mi destino.


Esbozo de la primera ilustración de La pequeña muerte
Página de El Pueblo en la que apareció
este fragmento de La pequeña muerte.

*Fragmento de una novelita inédita publicado el 2 de agosto de 2016 en el diario arequipeño El Pueblo.

miércoles, 28 de octubre de 2015

Nobel en el amor

Abrir el diario y leer la noticia de su propia muerte fue para Alfred Nobel un hecho explosivo. Así como el Big Bang (el Gran Estallido) dio origen a nuestro universo, aquella necrológica provocaría el destello a partir del cual se originarían los Premios Nobel.

Aunque el hecho es de por sí espantoso, al inventor sueco le conmovió más que en el texto lo tildaran de “mercader de la muerte”. Por eso decidió donar, tras su verdadero deceso, gran parte de su fortuna al reconocimiento de los mejores exponentes de las ciencias, la literatura y la lucha por la paz.

En commons.wikimedia.org.
Alfred Nobel, debido a su dedicación a los negocios y su vocación por la investigación, nunca gozó del lazo matrimonial. Cuentan que en el amor él era tan tímido como en la guerra temido su invento (la dinamita). 

En cierta ocasión, cuando le pidieron que escriba su autobiografía, señaló entre sus virtudes el no representar una carga para nadie. Sin embargo, él sí tuvo muchas, y no solo de explosivos. 

Una de ellas se llamó Sofie Hess, joven ayudante de florista con quien mantuvo una relación durante 15 años y a quien brindó lujo y prestigio hasta que ella declaró que estaba embarazada de otro hombre; con eso a cualquiera le dan ganas de andar reventando cosas en el laboratorio.

Sofie se aprovechó de él hasta después de muerto. No obstante su separación, ella seguía escribiéndole para pedirle dinero y, tras el fallecimiento de Alfred, vendió gran parte de esa correspondencia a buen precio.

Antes de conocer a Sofie, el millonario inventor contrató como secretaria personal a Bertha Kinsky, quien no le dio la mínima posibilidad de ser la señora de Nobel, pues cuando Alfred ya se entusiasmaba con su presencia, Bertha huyó de la ciudad para casarse con Arthur von Suttner. Andando el tiempo, Bertha llegaría a ser una señora de Nobel pues le otorgaron el Premio Nobel de la Paz en 1905.

Al final de sus días, Alfred se convirtió en un viejo solitario, aquejado por males cardiacos que llegaron a ser tratados –menuda ironía– con nitroglicerina. Pero a esa edad, por más aislado que esté, un corazón cargado es muy peligroso. Rodeado por su médico y sus criados italianos, murió de un fulminante infarto en 1896.

lunes, 3 de agosto de 2015

El sueño de un dios dormido. El tiempo en el último poemario de Luis Chambilla

En Sobre el espíritu universal que mueve al mundo, el poemario póstumo de Luis Chambilla, existe un aliento metafísico, una preocupación ante lo inexorable. A media voz el yo poético lucha contra el tiempo y la movilidad. Sabe que la batalla está perdida si tiene que librarla en el campo de las sensualidades. Por eso debe “abandonar en la playa [su] viejo caparazón de cangrejo muerto”. Por eso el suyo no es el imperativo “carpe diem”, sino un estoicismo místico.

Amo el instante en que el mundo ancla y se detiene
y yo me detengo en él mientras se disuelve la torpe armadura.
(Manifiesto, p. 14)

El cuerpo (la torpe armadura) solo estorbará en esta lucha contra el veloz Cronos, aliado del infalible Tánatos. No hay en Chambilla el hedonismo horaciano, ni la preocupación por el vertiginoso marchitar de la carne que sentían los poetas áuricos. No le inquieta el deleite sensual (entiéndase de los sentidos), como a Góngora cuando trata el tópico “carpe diem” en el soneto en que declara goza cuello, cabello, labio y frente. Lo suyo está más cerca de las tribulaciones metafísicas de Quevedo sobre la imbatibilidad del tiempo (que ni vuelve, ni tropieza) y su asociación con la muerte (sepultureros son las horas). Sabedor de que la existencia del tiempo es la muerte; de que, como en el cuadro de Goya, Saturno se alimenta de sus hijos, el yo poético reclama

Que se detengan los relojes y amarren por su cabellera al inquieto viento.
Que en la garganta del perro se congelen de golpe sus ásperos ladridos
y en lo alto, el vuelo de las aves sea solo un conjunto de nubecillas paralizadas.
(Manifiesto, p. 13)

Por supuesto, aquello solo se logra violentando el orden de lo conocido (que amarren…, de golpe…). Mas la muerte siempre ronda, y aunque el poeta siente que está cerca, nunca se sabe cuándo saltará sobre él, jamás se adivinará el momento en que nos segará la dama oscura, pues el hombre solo es

un saltimbanqui con los ojos cerrados sobre la cuerda floja
disfrutando su paso sonámbulo.
(Manifiesto, p. 14)

Ante este viejo problema, el poeta encuentra una solución, halla un paliativo para sus ansias. Distingue entre el tiempo físico, real, cruel e irrefrenable; y el tiempo espiritual, virtual, compasivo y maleable. Frente a aquel todo está perdido; pero en este último todavía caben esperanzas. Por eso deja que el primero consuma su cuerpo (su torpe armadura), mientras sus pensamientos, su espíritu, sus representaciones de la vida habitan el otro espacio, aquel donde, como en los aparatos de video modernos, puede hacer pausa y pedir que le pongan “música, por favor, pero música con acordes de violines” (p. 14).
Chambilla es consciente de que durante la vida del cuerpo los minutos son una sucesión apresurada; no obstante, resulta también un devenir encajado entre dos eternidades. La infinitud antes de nacer no le interesa en este poemario, es la perpetuidad después de la muerte lo que atiende. Aquí la movilidad de los elementos es más pausada. Aquí, en la infinidad del Hades, puede agrandar un

… segundo y que sea minuto, hora, eternidad; la suma de todas las edades.
(Manifiesto, p. 14)

“El sueño es hermano de la muerte”. La búsqueda de quietud solo es posible en lo onírico, pues, como sentenciara Antonio Machado, “en los sueños no hay mañana, es todo ahora”. Así declara

Dejen que desaparezca y me integre al espíritu universal que moviliza al mundo
entonces seré un átomo feliz en el sueño de un dios dormido.
(Manifiesto, p. 14)

Su cuerpo es ahora polvo astral, parte del fluido sutil e imponderable del que está hecho el cosmos. Pero que, a diferencia del barro sensitivo que fue, su tiempo es eterno, calmo, quieto; pertenece a un dios perfecto, detenido, en reposo; pues, el movimiento es cambio, imperfección, tiempo físico. A partir de esto podría aventurarse una relectura de la infinitud del universo no como un gran conjunto de átomos, sustancias físicas que pueden dividirse y que reaccionan ante la presencia de otros; sino como sustancias metafísicas indivisibles, mónadas sin partes, pero parte del todo universal.
Cuando el poeta reconoce el carácter de la magnitud devoradora de hombres, declara

Uno busca una patria para su corazón
con la conciencia de la brevedad de tiempo para ser feliz
(Sobre el tiempo para la felicidad, p. 22)

y emprende el último viaje por el espacio de sus recuerdos, queriendo abarcar todo lo vivido

Nada me importa más que ir con el alma extendida a los cuatro puntos
y con los sentimientos intactos cosechar el caos de sonidos y colores
(Sobre el tiempo para la felicidad, p. 22)

Su ansia de quietud lo lleva paradójicamente hacia el mar. Esta creación que nunca descansa, siempre moviéndose, es el sitio de su memoria, allí puede detener el ritmo de la vida o acelerarlo. Es frente al océano donde querrá parar la marcha de lo indetenible. Allí le asaltan figuras en movimiento: los pájaros, los peces, las olas. Allí el poeta se debate entre la movilidad y la calma

Escucho el canto de las aves migratorias que se alejan
y yo deseo que alguien me regale un par de alas o un globo aerostático
o que por encanto me arrastre el viento cuando abra la ventana
(Agosto, una mañana, p. 19)

Esas ganas de pasearse por el mundo “encaramado a un copo de algodón” (p. 19) contrastan con su deseo de reposo
Me detendré un instante, bajo el ardiente sol del mediodía
[…]
Yo amaré por siempre estos breves instantes en que yo me detengo
y el mundo se detiene a observarse conmigo
(Bajo el ardiente sol del mediodía, p. 21)
Antes de la última migración de su yo celeste, otra vez como si alguien manejara un moderno aparato de video o blandiera una herramienta de fijación, pide

Que el paisaje sea un tapiz donde descanse mi diáfano cuerpo
(Sobre el tiempo para la felicidad, p. 22)

La idea de que el tiempo, al detenerse, también fija el espacio como un telón o pintura de fondo vuelve sobre él con entusiasmo

Y yo celebro la eternidad de este instante que mora en mis ojos.
Soy el milagro de un pintor desconocido.
(Paisaje nocturno, p. 24)

Al fin, ha comprendido su viaje, la migración que va de la dimensión física a la dimensión celestial, cósmica e infinita.

y como un espíritu satisfecho volverme etéreo y transparente.
(Sobre el tiempo para la felicidad, p. 22)

“Si las puertas de la percepción se purificaran –dice William Blake–, todo se le aparecería al hombre como es, infinito”. Con qué ingenuo y temerario designio puede uno resistirse a comprender un infinito siempre en movimiento. Luis Chambilla lo sabía muy bien, sin embargo, en su último poemario nos lleva a pensar que si infinito, entonces eternidad, y esta, finalmente, quietud; nada se mueve en lo eterno.

Cuando escribía estas sus últimas líneas, Luis Chambilla sabía que su cuerpo enfermo pronto expiraría, no podía hacer nada para contener las sepultureras horas, salvo plantear la existencia de una magnitud paralela al tiempo humano, un espacio regido por un dios dormido, en reposo, por eso eterno. Allí, en el sueño, todo está sucediendo y aun así todo está detenido. Chambilla –para decirlo desluciendo un verso de Wallace Stevens– hizo de la quietud parte de la mente, parte del significado del todo, el acceso a la perfecta comprensión de las páginas escritas, es decir, del fin de la vida.

lunes, 22 de junio de 2015

La alcancía de doña Macrovia

Cada vez asisto menos a presentaciones de libros (si un libro es un mundo, a mí me gustaría descubrirlo, no que me lo presenten). Dicen que uno debe elegir sus lecturas como escoge a sus amigos; yo tengo varios libros a los que solo me los han presentado.
Con tantos jóvenes ingenios escribiendo, Arequipa debiera ser la ciudad con más agudeza literaria, pero literal y literariamente no tiene nada de aguda, porque está grave.
He oído decir en cada uno de esos eventos cómo el libro presentado ha innovado la literatura “local, nacional y, por qué no, mundial”. Son tantos los que pasan por innovadores, revolucionarios y vanguardistas que lo más atrevido es no ser revolucionario. En su afán de superar todas las vanguardias, los escritores locales se olvidan de echarle una miradita a la tradición.
Don Mariano A. Cateriano.
Mariano Ambrosio Cateriano, el más nombrado de los tradicionalistas locales, publicó en 1881 Tradiciones arequipeñas o recuerdos de antaño. A pesar de que sus críticos han destacado sus trabajos historiográficos, ese conjunto de narraciones constituye lo más interesante y original de su obra.
Uno de los relatos de aquel libro titula La alcancía de Doña Macrovia, y no solo es una demostración de que Cateriano hizo correr la pluma con donaire, sino que es también en nuestro medio el antecedente más remoto de una “moda vanguardista”. Juego tipográfico o caligramas narrativos, llámenle como prefieran, el hecho es que ciertos narradores y ensayistas locales que actualmente lo practican sostienen la vana presunción de ser innovadores, como si eso solo bastara para crear un texto literario.

Al inicio del relato, Cateriano intenta describir a la protagonista sin seguir el orden de los renglones, colocando por aquí y por allá las palabras y situando mayúsculas, paréntesis, cursivas y llaves a capricho, todo para demostrar que doña Macrovia de Colmenares y Escobedo era “tan exótica como la ortografía con que va escrito este preludio”.
En realidad, los juegos tipográficos no son exclusivos de esa tradición, también aparecen en otras de Cateriano, pero es en La alcancía de doña Macrovia donde es más arriesgado.
Los acérrimos seguidores de esta moda (actual y vanguardista, recordemos) recibirían con un signo de interrogación dibujado en su rostro la noticia de que ya muy entrado el siglo veinte, Alfredo Arispe, otro narrador paisano nuestro, también aplicó este tipo de recursos, en su cuento Alma de Pólvora, por ejemplo.
Hasta aquí podríamos alegar que esos caligramas son desusados en el siglo XIX (digamos un fecha, 1881) y por entonces podían tildarse de original e innovador. Todavía pasado media centuria, cuando a las estudiantes de mecanografía les encargaban dibujitos en Olivetti, al estilo del Poema en forma de pájaro de Jorge Eduardo Eielson, podía favorecerse a los versos destinados a producir un efecto plástico con la etiqueta de vanguardista; sin embargo, en los tiempos que corren, con tantos programas de computación y ventajas tecnológicas, no le encuentro adjetivos tan encomiásticos.
Recordemos que primero esta moda invadió hace algunos años a unos aspirantes a poetas, mas no pasó mucho para que los narradores se vieran contagiados y ahora se ha extendido vorazmente entre los cultores de todos los géneros, quienes se dejan enviciar por la vana y solitaria idea de ser intrépidos creadores.
Imagen de la edición de 1881 del libro de Cateriano.
No sé qué emoticono inspirará su rostro cuando estos “vanguardistas” recuerden lo que anotó Michael de Montaigne hace más de cuatro siglos, mientras rememoraba los enormes poemas en forma de alas y hachas que hacían los griegos antiguos: “Existen sutilezas frívolas y vanas por medio de las cuales buscan a veces los hombres el renombre” (Ensayos de Montaigne, Libro I, Capítulo LIV).
Un cuento o un ensayo no son “geniales” por algo tan primario como un efecto plástico. La literatura, el arte en general, no debe ser reducida al solo placer estético –como piensan los posmodernos frívolos–, sino debe haber también un sentido ético. Por eso, cuidado con la doñamacrovialización de la literatura, no vaya a ser que, como la protagonista de la tradición de Cateriano, nos convirtamos en testigos de un crimen y decidamos cerrar la puerta y apagar la vela.



lunes, 8 de junio de 2015

Panegírico a propósito del IV Chongo Literario*

"La escritura es más efectiva que la bolsa de excremento".
Bart Simpson

Es triste empezar diciendo que la cocina nos ha ganado un poeta. Hace poco otra disciplina de uniformes blancos y pócimas nos quitó al ángel maldito, al morboso pichón de la lira oxidada y hermosa. Mientras la primera, camaradas, se lleva al "apu malhablado", cuyo nombre tensa la garganta y abre la mandíbula como si un escupitajo, ¡Juan! La otra, la ciencia de Hipócrates, la medicina, aleja de nosotros a Érick Ángelo.
Hace tres años, en tanto el radioso Inti de Arequipa enrojecía la tarde, y la sombra de los altos árboles agigantábanse como filudas dentelladas, Juan y Ángelo participaron en el rito de iniciación de Fárrago, que, finalmente, terminó no siendo lo que cierta vez fue: un grupete de nómades literarios que saquearon la poesía por un tiempo.
Manuel Mamani, Juan Hinojosa, Erick Ángelo y Percy Prado.
Aquel extinto grupo lo bautizaron también la hermosa e inteligente Saraí, la incitante y ágil poetiza Maru y el mítico místico Manuel. Además -cómo podría obviarlo- estaba en esa caterva Percy, que era el punto "oscuro" del grupo.
Cómo olvidar su primer engendro, aquella sierpe plana de seis caras en cuyo lomo aparecía, como puestos a la pared de un manicomio, la patota en pleno. Cómo olvidar los “zapatos de goma”; cómo, el lóbrego texto de Juan, sí, aquel lienzo que herró un estilo.
Testigos de aquella grandiosa aberración quedamos pocos. Nadie puede negar que en el breve tiempo de su existencia hicieron cosas inolvidables, entre las que se cuenta, cómo no, el Primer Chongo Literario, cuyas invitaciones las repartieron en condones (recuerdo haber visto sonrojar al más elástico de los docentes). Por la propaganda de aquel espectáculo se les quiso amordazar, asustar y expulsar. Culpados de herir la honra y el pudor de las buenas personas que pululan por la facultad de filosofía, fueron citados al decanato, donde lo único que se sabe es que tuvieron una larga discusión con el decano.
Dos días después se les impidió la realización del Chongo Literario dentro del pabellón de Humanidades, pero ellos infectaron con rebeldía los ánimos de los estudiantes. Cual si despertara el espíritu de los seculares dioses sometidos, como si un Apu redivivo emergiera de las ofrendas olvidadas y abalanzara su poder en un huaico incontrolable, así la multitud extática derivó al anfiteatro del Ho Chi Minh. En la penumbra de aquel hemiciclo, apenas iluminados por la luz ambarina de los postes circundantes, iniciaron el rito dando rienda suelta a los versos. Desde entonces, aquel hueco del mundo se convirtió en su cubil, allí despedazaban botellas y arrancaban llantos apocalípticos como en ebrios pagos a la huaca.

No hay Fárrago que dure un año ni cuerpo que lo resista, sin duda. Aquel grupo llevaba en su propio espíritu el germen de su extinción. Un parásito de seis cabezas robustas y hambrientas es un monstruo incontrolable. De repente, los seis pescuezos quisieron reptar por senderos diferentes, así uno a uno fue desgarrando el corazón que los unía. La saltarina Maru se acopló al frívolo grupo Dragostea. Manuel, la real armadura, despreció su talento y se alejó por los campos de la lingüística. Ángelo, el flaco pichón de buitre, levantó sus alas colmadas de poesía y marchó a la revolucionaria Cuba.
Tras esto solo quedaba la mitad de un órgano sangrante y latiendo materia pútrida apenas. Al cual, el enamoramiento de Percy y Saraí le supo a puntapié. Sin embargo, junto a los dos aún estaba el enano devorador de libros, Juan; y todavía a su alrededor gravitaban ángeles malditos, putos borrachos y sáficas poetas, por lo que se logró mantener el espíritu de Fárrago en los anuales Chongos Literarios.
Este viernes se celebra una edición más de aquel grotesco evento, y seguramente será también la despedida del Fárrago Juan, pero no significa el acta de defunción de un grupo literario, porque si bien les tocó a ellos, sólo fueron la representación humana de un espíritu mentempsicótico, al que otra vez, este viernes hijo de una Venus mamona, sentiremos deslizándose por las sombras, en las voces de los nuevos y los viejos poetas, abrasados de ron, de noche y de luna. Otra vez, como una voz goéthica, lo escucharemos susurrar a los ebrios oídos: he estado aquí, tal como estoy ahora, mil veces antes, y espero regresar otras mil veces más.


(*) Este es un deslenguado tributo a un intento: Fárrago. Apareció en un díptico el día que se realizó el Chongo Literario 2009. No se ha confirmado el autor, la mayoría culpa a un tal Belzú.



lunes, 25 de mayo de 2015

Fantasía de una noche de verano

Lo siento, Julio, esta noche tendrás tu viernes trece, me digo mientras tomo mi puesto frente al tablero. La plaza de Camaná luce abarrotada. Cientos se han congregado para ver al genio nacional del ajedrez, que está de visita en su tierra natal. Otros tantos, la mayoría veraneantes arequipeños, repletan el lugar con su indiferencia y su alegría bulliciosa.

Cegado por la vanidad y la fantasía, siento que hoy venceré al maestro gracias a una extraordinaria combinación de hechos cósmicos y numerológicos (qué atrevida resulta la ignorancia a veces).

Como yo, otros 25 le presentarán batalla en partidas simultáneas. En total 26 temerarios. Interesante número que coincide con mi fecha de nacimiento. Consideren también que 26 es el doble de trece (2x13) y que este encuentro sucede un 13 de febrero (2/13). Viernes, para más señas. Una calurosa noche de verano.

Es cierto que pocas veces se ha dado una sorpresiva victoria como la que han tramado los albures celestes para mí esta noche. Pienso en la ocurrida en Nueva York hace medio siglo exactamente. Aquella vez, Luis Loayza, notable narrador limeño, le ganó a un joven pero ya genio de los trebejos Bobby Fischer, el mítico campeón mundial estadounidense.

Julio Ernesto Granda en  partidas simultáneas en Camaná.
Foto tomada de http://diariocorreo.pe/edicion/arequipa/
Ese inesperado triunfo sucedió también en el marco de una partida colectiva. Es más, el escritor peruano, al igual que yo, jugó con negras y para completar las “coincidencias” con que nos adorna la Fortuna, él también era un joven aficionado al deporte ciencia cuya diferencia con su contrincante resultaba, por lo menos en el papel, enorme a favor de este. Por supuesto, la distancia que me aleja de Granda es aún mayor, sin embargo, eso nada puede contra las planetarias e inexorables fuerzas del destino.

La noche veraniega avanza, la gente ha ido agolpándose alrededor de las mesas de juego. Acostumbrado a estar del otro lado de los flashes de las cámaras, empiezo a sudar, mas no pierdo la gravedad de mi postura. De cuando en cuando tiendo la mirada hacia el público, apenas si reconozco una que otra cara entre la multitud que a partir de mañana me señalará como el triunfador de este duelo.

Vuelvo al tablero, circunspecto, como posando para la foto que inmortalice esta histórica noche. En el campo de batalla veo a mis guerreros erguirse negros, temibles y más robustos que el enemigo. Ante ellos, los otros lucen blanquísimos y angelicales. Mientras espero a mi afamado rival, fantaseo con una apertura avasalladora y un medio juego ejerciendo presión sobre el flanco del rey.

Sus finos y albos caballos caerán bajo el ataque de mis fieros y tajantes alfiles. Mis recias torres se lanzarán implacables sobre sus peones. Mis astutos y briosos corceles derribarán sus fichas almenadas. Todo estaba ya predestinado en mi imaginación, no importaba que yo fuera solo un aficionado que muchas veces cayó en la trampa del pastor... ¡Un momento! Un vacío inesperado malogra la armonía del teatro de acciones. En la esquina del rey blanco falta una torre. ¿Puede ser posible? Indignado por esa azarosa ventaja que se me estaba dando, me levanto y voy en busca del coordinador para exigirle que complete las piezas antes de que empiece la refriega.

¡Craso error!

Minutos después, el alto y fornido encargado aparece con una efigie de sí mismo entre las manos y la coloca sobre el madero. Allí se le veía más grande y aviesa que sus compañeros de pelotón. ¿Han oído eso de que el aleteo de una mariposa en Japón puede desatar un huracán al otro lado del mundo? Esta es una confirmación de aquel dicho. Una pequeñísima variante desata una reacción en cadena que desbarata todo lo predestinado. Así, las maravillosas combinaciones que me darían la victoria esta noche se vieron trastornadas por la sola presencia de aquella sólida torre.

Aparece Julio Ernesto Granda pulcrísimo y sereno, me extiende cordial su diestra, abre con peón de reina e imperturbable continúa su ronda. No tuve tiempo de pensar cuando ya estaba encima de mí nuevamente. Luego de unas movidas mi “sesgo alfil” cae en una celada. Sudoroso recurro a lo que algunos llaman lanzadera, en busca de intercambiar todo lo que se pueda. Mas Granda, cada vez más grande, en cada vuelta me golpeaba contundente.

Pasada la décima jugada, un atrevido peón incomoda las filas enemigas, y Julio, acostumbrado a avanzar por las mesas cual Usaín Bolt de las partidas simultáneas, se demora frente a mí unos largos segundos que no pasaron desapercibidos por la multitud. Las celestes confabulaciones volvían a hacer lo suyo, pensé. Pocas movidas después, su crecida torre avanza al ataque sobre el peón que protege a mi rey enrocado. Ya lo veía venir, de nada sirven los azares cuando enfrente tienes a un genio.

Era cuestión de tiempo, mi rey será derribado por esa roca gigante. Herido ya en lo profundo de mi fantasía, lo mejor era abandonar, pero junto a mí, un niño de siete años todavía daba batalla. No podía ser posible. Me dediqué a aguantar los golpes lo mejor que podía. Dos jugadas después de que derribara al geniecillo de mi costado, caí a los pies de esa irrespetuosa torre que nada sabía de predestinaciones cósmicas.

Mi hermosa fantasía de una noche de verano se vino abajo cual torre de Babel. De modo semejante al Quijote en sus últimos días, debí resignarme al enorme peso de la realidad. Sin un fundamento descarnadamente lógico, las más caras ilusiones de un rústico aficionado no tienen la menor opción frente a un genio como Granda. Eso sí, nada mueve tanto el espíritu de un hombre como el anhelo de lograr lo improbable.